Psicoterapia en Chamberí

El deseo y la ley en la función materna: primer vehículo para la vida.

La función materna no se reduce al hecho de ser madre biológica, sino que designa la tarea simbólica de sostener, contener y acompañar al bebé en su proceso de constitución como sujeto.

El niño llega al mundo en un estado de dependencia absoluta: siente hambre, frío, calor, dolor; llora y grita como únicas formas de expresión. Una función materna suficientemente buena —en términos de Winnicott— es aquella capaz de recibir, traducir y calmar esas primeras experiencias corporales y emocionales del bebé. De este modo, el infante comienza a experimentar el mundo como un lugar confiable y seguro, lo que le permite desarrollar una primera confianza básica.

Sin embargo, para que el niño no quede fijado en la fusión con la madre, es necesaria la función paterna (entendida en un sentido simbólico, no necesariamente ejercida por el padre biológico). Esta introduce un corte en la díada madre-hijo, señalando que la madre desea algo más allá del niño y que el hijo no lo colma de manera total. Dicho corte introduce la ley, el límite y la falta, posibilitando que el niño se separe de la madre y acceda al orden del lenguaje y la cultura.

En la dialéctica entre la función materna (sostén, cuidado, confianza) y la función paterna (corte, separación, acceso al deseo y al lenguaje) se constituye el sujeto, capaz de reconocerse como ser autónomo y deseante.

¿Qué sucede cuando el deseo de  un hijo se da la vuelta? ¿Cuando no se le permite salir al mundo y constituirse como sujeto diferenciado de si mismo ? ¿Qué efectos va a futuro? ¿Qué necesidades de la madre vendría a suplir ese bebé? ¿Qué se pone en juego en las primeras separaciones? ¿A qué tiempos nos remiten? ¿Cómo se dieron estas separaciones? ¿Qué efectos tienen en nuestros vinculos actuales?

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