Psicoterapia en Chamberí

volver a conectar

¿Qué aprendiste para sobrevivir y ya no necesitas?

D. Winnicott fue un destacado pediatra y psicoanalista británico que desarrolló su teoría a través de sus observaciones directas de los niños y sus madres. Desarrolló el concepto de falso self.

¿Qué es un “falso yo”?

El falso self es una especie de fachada que creamos cuando niños para adaptarnos a las demandas de nuestro entorno para  proteger el vínculo con los padres/cuidadores.

¿Para qué ocurre?

Para proteger su verdadera identidad  y evitar mayores daños psíquicos, el niño aísla su verdadera identidad renunciando a sus verdaderas necesidades, gustos etc provocando una profunda des-conexión emocional con su mundo interno.

 Un “falso yo” (yo social) es una construcción necesaria. Nos ayuda a respetar límites, cumplir normas, mantener relaciones políticamente correctas, conseguir y mantener un trabajo y crear, mantener y ejercer esta “máscara social” es necesario para una “buena salud mental”: nos ayuda a adaptarnos, comprender el entorno, reglas implícitas y explicitas y a mantener correcciones necesarias en nuestra vida con los otros.

La organización de un falso self se debe a la adquisición personal del control pulsional y a la aprobación y desaprobación de la madre a estas manifestaciones pulsionales. La consecución de este “hito” -saludable y adaptativo- necesitamos haber podido mostrarnos durante la infancia como niños: seres agresivos, vulnerables, dependientes, egoístas,  celosos, tristes, creativos, vitales.

Haber podido mostrar todo un abanico emocional sabiendo que nuestros cuidadores “sobrevivirán” a ello y el vínculo permanecerá intacto.

Ser atendido en la esfera emocional significa ser visto, hablado, escuchado, acompañado, ser reconocido y acompañado en una singularidad en el comienzo del viaje que es la vida -lleno de complejas y nuevas emociones- y son nuestros cuidadores quienes nos prestan -en el mejor de los casos- las herramientas que ellos mismos han creado para poder entender su mundo y el mundo que les rodea. No solamente es una tarea de los padres; también otros familiares y adultos participan en esta entrada al mundo.

Y nos donan lo que pueden. Nuestros cuidadores también son seres humanos limitados que están atravesados por una historia personal que los constituye con su propias carencias personales

Es común que lleguen a consulta hijos de padres muy preocupados por el bienestar de los hijos impidiéndolos gatear, explorar, jugar, divertirse rompiendo, manchando o dibujando paredes en cualquier despiste. O bien temen los afectos negativos (celos, envidia, cólera, frustración) y la agresión tan necesaria para descubrir el mundo externo..

 LLegan a consulta con  los efectos de lo que era necesario pero no permitido. Los efectos a medio y largo plazo suelen describirse por los pacientes como una “robotización” del yo y de lo cotidiano. Una falta de conexión verdadera en sus relaciones. Produce sentimientos de vacío,  alexitimia, falta de sentido, incapacidad para disfrutar y, en definitiva ,un camino hacia una vida que no se percibe como propia.

La sintomatología que les trae a consulta es variada, pero cabe destacar sintomatología psicosomática y grandes dificultades para sentirse conectados con los otros, disfrute y alegría.

Poder experimentar en el vínculo terapéutico y poner en juego aquello que no pudo ser “jugado” durante la infancia ayudará al paciente a integrar aspectos del su verdadero yo. Aumentando la vitalidad. Aprendiendo a incorporar en su mente “tensiones”que no pudieron ser sostenidas por un cuidador en otro tiempo, volver a habitar el cuerpo, integrar la experiencia emocional con la sensación somática.

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